No ha pasado mucho desde que abandoné el continente y ya los peligros acechan sobre mi cabeza como buitres en busca de carroña. Ni bien puse un pie dentro del bosque de Rigel, ¡Zack!, dardo en el cuello, para cuando me di cuenta del piquete ya estaba cayendo al suelo, presa de una completa parálisis... Capturada por bandidos. Estuve cautiva por un tiempo, torturada, molida a golpes, quizás interrogada. Supongo que esas sabandijas solo se detuvieron al ver que había perdido la memoria, tal vez debido a tantos golpes. Logré escapar con otro sujeto al que habían tomado como rehén, Vladimir Volkov dijo llamarse, sujeto aceptable, al menos listo. Sin embargo, salimos de la sartén para caer en las brasas. Nos vimos rápidamente envueltos en una refriega de soldados Imperiales con la guardia de la ciudad de Juno. Casi no la contamos.
   Me encuentro llevando un estilo de vida un tanto distante de mi sencillo trabajo en la posada de mi padre; trabajo familiar, mi padre era el dueño de la posada y al mismo tiempo dirigía la taberna en la planta baja, mi madre principalmente era comerciante, se encargaba de abastecer la cocina del establecimiento. Mis hermanas y yo nos dividíamos el resto de las tareas. Louise y Ava, la mayor y la menor, se encargaban de la cocina, mientras que mi gemela Viveka y yo éramos camareras, y ciertas noches, sacadoras de borrachos. Había un sujeto también, Marcus, guardia de la villa que patrullaba la zona del complejo, aunque pasaba más tiempo bebiendo y comentando chismes con mi padre que patrullando. Buen sujeto, siempre nos hacía el favor de resolver las refriegas entre borrachos, aunque no era muy necesario; Viveka y yo teníamos buen brazo para poner en sus cabales al que trataba de propasarse. También tenía un hermano llamado Argus, era guardia como él, aunque se lo veía menos seguido, solían enviarlo como escolta de gente importante a Gliese, ciudad portuaria cercana a la villa. Volviendo a la posada, a la gente le agradábamos y nosotros estábamos conformes con el pueblo, mi padre tenía buena reputación. Él era alquimista, aprendió los secretos del arte hace mucho tiempo atrás, aunque nadie sabe cómo, ya que es un nabaat, al igual que mi madre. La gente no hacía mucho drama por ello, sobre todo porque mi padre, conocedor de la alquimia solía fabricar pociones y ungüentos para aquellos que enfermaban con gravedad o necesitaban algún tratamiento.
   Un día de mal augurio entró en la taberna este hombre, aquel al que le atribuyo el comienzo de mi desventura. Llegó una noche lluviosa, la puerta de la taberna se abrió entre todo el jolgorio. La tenue luz del alero que caía suavemente sobre la espalda del desconocido cubierta con una pesada capa maltrecha y hecha jirones en las puntas, revelaba un aspecto desaliñado y sombrío. Vestía una armadura de cuero marrón, un poco roída por el paso del tiempo y, de seguro, tantas desventuras. Conforme la figura torva y siniestra avanzaba a zancos gigantescos (en verdad era un hombre grande, de unos 1.9 metros quizá), y las pesadas botas retumbaban con golpes secos por toda la sala, los inquilinos bajaban el tono para sumirse en susurros y miradas acosadoras, pero temerosas al mismo tiempo. Se sentó en un rincón apartado, la capucha le ocultaba casi todo el rostro, excepto una gran cicatriz que cruzaba desde su barbilla hasta la nariz. Durante la siguiente semana, el sujeto repetía la misma rutina: de día se la pasaba en su habitación, salía caído el atardecer para hacer indagaciones por el pueblo, cosa que realmente perturbaba a los habitantes, y muchos de estos se negaban a hablar con él, otros fingían estar ocupados, y otros tantos simplemente huían despavoridos. Los días que siguieron a la llegada del forastero fueron tan extraños como su presencia. Los cultivos amanecían marchitos, el ganado muerto y sus tripas desparramadas por las callejuelas de la villa. Una gran tormenta que se extendió por semanas acabó con las plantaciones de vid y bloqueó los caminos de las caravanas. Los suministros no llegaban, era cuestión de tiempo para que la desgracia cayese sobre mi familia. Pronto mi madre enfermó, y mi padre no le permitía salir de su habitación, o a nosotras, sus hijas, entrar. No nos contaba mucho de su estado, pero su cara era mortuoria y no albergaba esperanzas de recuperación. Se la pasaba gran parte del tiempo en el sótano, donde confiscaba sus pociones, era claro que trataba de buscar un antídoto.
   Una noche noté que el forastero no se encontraba en su habitual rincón, sino que en un extremo de la barra, hablando con mi padre, al cual se le ensombrecía la mirada con cada palabra que salía de la boca cortada del marcado. "Ava dijo que vió a padre entrar junto al marcado a la habitación de madre, y que se quedaron por un buen rato, luego fueron al sótano y estuvieron allí hasta hace un momento" mencionó mi hermana Viveka, tan consternada como yo. Esa noche no pude dormir bien. Entre sueños y vigilia, unas voces me hablaban en un idioma extraño inentendible. Veía rostros de personas desconocidas para mí y borrosas escenas de una gran guerra entre soldados con mismo uniforme. Una intensa luz proveniente de símbolos cuyo significado no entendía, encandilaban mi vista, y una voz profunda y distante pronunciaba una y otra vez la misma frase, "Por el honor de los caídos y la esperanza de los vivos". Finalmente, la pesadilla se volvió negra por completo, sin voces, sin luces, nada, solo oscuridad. De repente el silencio es roto por el grito de una mujer. Aquí me desperté entre gotas de sudor y sabanas revueltas. El grito no se esfumaba, venía del cuarto de al lado, el de mi madre, acompañado por un gran alboroto. Me incorporé rápidamente y salí al pasillo junto a mis hermanas. Allí estaba mi padre frente a la puerta cerrada de la habitación de mi madre. Cuándo me vió solo atinó a gritar :"¡Váyanse a su cuarto ahora!¡No salgan de ahí hasta que amanezca! ¿¡Qué no oyen!? ¡He dicho LARGO!". De repente, una ventana que se rompe, y un sonido seco de un bulto que cae al suelo, donde estaban los establos. Empujando a mi padre abrimos la puerta. Encontramos al extraño saltando por la ventana rota. Madre no estaba en la habitación y manchones de sangre se extendían por toda la habitación... Al asomarnos a la ventana, el forastero huía en su caballo hacia el camino principal y se adentraba en el bosque.
   "¿¡Donde esta madre!?" fue lo único que pregunto la pequeña Ava. Padre solo quedo mirando en la lejanía, observando al sujeto desaparecer en la penumbra. No sé qué fue lo que me impulsó, supuse que mi madre estaría en la misma dirección en la que se dirigía este hombre. Rápidamente bajé las escaleras, salí a los establos y monté el caballo de padre para seguir al forastero durante toda la noche. Para el amanecer había perdido el rastro, así que volví resignada a casa.
   Cuando llegué a la villa, un gran alboroto se cernía alrededor de la posada. Entre gritos y maldiciones los ciudadanos se agitaban en torno a mi casa, algunos lanzando piedras, otros con herramientas de cosecha, y de fondo el sonido del acero chocar. No distinguía mucho, pero había una refriega. Guardias del pueblo corrían a ambos lados de la calle, llevando refuerzos, mientras que en el otro extremo, por la callejuela que daba al establo de la casa soldados imperiales se acercaban a trote sobre sus caballos para amedrentar contra la muchedumbre. Escena inexplicable, pero el pánico cundió en mí, me preocupé por mi familia. Desmonté y fui corriendo al epicentro de la disputa. Cuando llegué allí, solo oía el sonido de las espadas riñendo por la vida de sus portadores y los gritos desesperados de mi hermana Ava. Traté de abrirme paso a través de la muchedumbre cuando sentí un duro golpe en mi cabeza. Mientras caía lentamente al piso y mi vista se apagaba, distinguía, reposando sobre la entrada de la posada el cuerpo inerte de Marcus, con una espada atravesada en su pecho. Moribundo alzaba su mano izquierda, como tratando de aferrarse a algo, ni siquiera podría decir que siguiera consciente, quizás ya estaba delirando; entonces un último golpe cae sobre su cuello, cercenando su cabeza. Luego todo se volvió oscuro.
Desperté en una cueva que el pueblo solía utilizar como almacén. Conforme abría los ojos, la luz de una antorcha me permitió distinguir dos sombras que se alzaban encima mío. Uno era Argus, el hermano de Marcus, la otra era mi hermana Viveka.

   "Has despertado. Menudo golpe te asesté. Por cierto, lo siento por eso, pero necesitaba sacarte de ahí lo más pronto posible, de no haber sido así..." -dijo Argus.
   "¿Que ha pasado? ¡El pueblo, la taberna!... -recordé al hermano de Argus- ¡Marcus! Tu hermano, él... ¿!Donde esta Padre y mis hermanas!?"
Viveka habló entonces entre lágrimas y sollozos: "Lo siento Lis, pero Padre... Lo han matado, y también a Louise cuando corrió a socorrerlo. Y la pequeña Ava...¡Se la llevaron Lis!¡Esos malditos monstruos se la han llevado!".

   "Soldados Imperiales" dijo Argus, "Vinieron en busca de tu padre, traían una orden de ejecución, el pueblo quiso oponerse. Lo arrasaron luego. Apenas me las arregle para ponerlas a salvo a ustedes dos, y si quiero mantenerlas así, lo mejor será partir mañana a primera hora a la ciudad de Gliese. Tengo una amiga allí, me debe más de un favor, ella las mantendrá resguardadas a ambas hasta que se calmen las cosas".
   Camino a esta ciudad portuaria, en la entrada la devastada villa, los Imperiales se habían tomado el trabajo de poner cuidadosamente todas las cabezas de los lugareños sobre estacas, claro signo de advertencia, que pretendía demostrar el poder del imperio. Entre ellas, las cabezas de mi padre y de mi hermana Louise. Ava no estaba entre ellas, es decir que aún la debían de tener cautiva, no la habían matado.
En Gliese llegó a mis oídos la noticia de que el emperador había sido asesinado y la esposa asumió el cargo de emperatriz, y luego de haber presenciado la masacre de Juno, todo cobró mayor coloración. Mi padre era un nabaat, y practicaba alquimia en secreto, sin ninguna clase de regulación del Imperio. Pero eso no justifica semejante barbarie. Encontraré a los bastardos que hicieron esto, a su debido tiempo.

   En el corto tiempo que pasé en la ciudad me dediqué a socavar información sobre el sujeto sombrío que había visitado la villa. Cualquier persona que quisiese llegar a la villa, ahora devastada por el Imperio, se ve obligado a pasar por la ciudad de Gliese primero, y un sujeto con semejante apariencia siniestra no es difícil olvidar, aunque sea solo viéndolo por unos segundos. Oímos el rumor acerca de un rytsar blanco caído en desgracia que había estado de paso por la región y que encajaba con nuestra descripción. El sujeto estuvo en la ciudad días antes de nuestra llegada, vino desde mi pueblo, y su siguiente destino era la isla de Nornar. Mi hermana y madre estaban desaparecidas, pero solo tenía una mínima pista del paradero de mi madre, además, Argus había prometido meter cartas en el asunto, y usar sus contactos para tratar de localizar a mi hermana. Ese asunto estaba más allá de mi alcance. Quería partir a Norbaar. Viveka no opuso resistencia, pensó que estaba haciendo lo adecuado. Ella se quedaría en Gliese esperando noticias de Argus, mientras yo iría tras el rastro del rytsar y de mi madre.
   Pocos días han pasado desde entonces, y mi cabeza es un alboroto, tantas cosas han pasado ya en tan poco tiempo, es difícil digerirlo. A cada paso que doy un nuevo mundo se abre ante mis ojos, y lo que creía entender se vuelve nuevamente confuso. Mientras espero encontrar algún rastro del rytsar, mato el tiempo como mercenaria para el pueblo de Canis. No estoy segura por que razón me encuentro escribiendo esto. Quizás para no perder la noción de mi misma y mantener mis memorias frescas. Quizás para que haya evidencia de todo lo ocurrido y la historia no lo olvide. O tal vez solo trato de que quede un rastro de mi vida luego de que la diosa llame a mi alma para reunirme con mis antepasados. De cualquier forma me encuentro errante en esta isla desconocida.
 

Last edited by CactusBoy (2016-10-23 23:50:58)