Las estrellas pintaban el cielo de Noyvern esa noche, y salvo los vagabundos en el distrito del mendigo, ni una sola alma se aventuraba por las callejuelas y plazas azotadas por el aullido de una ligera brisa gélida.

Los pálidos rayos de la Luna reposaban sobre los alfeizares del templo, colándose entre los pasillos y habitaciones. El silencio inundaba el altar y cada centímetro de roca. La capilla se cernía silenciosa en el distrito central de la Joya del Norte. Al igual que sus habitantes, no esbozaba el mínimo atisbo de vida, salvo por una luz tenue que escapaba por la ventana de una de las torres superiores de la estructura.

La habitación estaba débilmente iluminada por una pequeña vela casi consumida en su totalidad, signos de que alguien habría pasado largo tiempo en vela. Una pila de libros a ambos extremos de un robusto escritorio de tejo, un tanto desgastado por los años, y otra pila de libros al pie de una cama revuelta. Una botella de hidromiel a medio terminar junto a una copa que fue llenada y vaciada varias veces.

Una joven de cabello carmesí y tez suavemente pálida se encontraba ligeramente inclinada hacia la mesa, absorta en la lectura de lo que parece ser un cuaderno de bitácora, quizás su bitácora. La ventana se encontraba enteramente abierta. El aire frío de montaña que llenaba la habitación y llenaba el pecho de la muchacha, se fusionaba con la sutil luz de la luna que bañaba sus pómulos rosados, trayendo tranquilidad a una mente que no podía parar de pensar, de recordar, pero que al mismo tiempo necesitaba descansar. Dos grandes ojos comprensivos de un verde profundo recorrían cada una de las líneas del cuaderno, leyendo y releyendo, volviendo sobre las mismas ideas, tratando de no omitir detalle alguno. Cada tanto, interrumpe la tarea, se sirve tres dedos de hidromiel, y bebe para luego proseguir la revisión. El frío no le molesta, la mantiene despierta, y cuando este se combina con el calor del vino, le produce una sensación placentera.

La lectura concluye. Una nueva página en blanco enfrenta a Amériel. Pluma en mano y el tintero en las últimas, la joven se dispone a escribir:

Registro de Amériel Blademoür:

Alturiak 15 del año 1388:

Muchas son las noches que he pasado en vela producto de mis memorias, funestos sucesos que atormentan mi joven, pero sin embargo cansada mente, pesando sobre mi ser como una sombra que me perseguirá eternamente y de la cual estoy segura que no podré librarme jamás. Creyéndolas desvanecidas para siempre, incontables veces son las que me decepciono viéndome ahogada por un mar de penas y sufrimiento nuevamente.

Mas esta noche es un tanto particular. No es la angustia lo que me mantiene despierta, sino una paz de aceptación y del deber. No puedo dormir, hay un asunto inconcluso, un drama que escapa de mi pecho y debe tener un cierre. Como erudita de la Orden de Deneir, es mi trabajo la búsqueda del conocimiento y la verdad, aquello que esté oculto debe ser puesto bajo la luz de la razón y develado al mundo. Estos recuerdos han estado en mi cabeza por tantos años, que ya no estoy segura de poder distinguir los hechos de mis interpretaciones. Es por eso que esta noche de vela decido ponerle palabras a esas imágenes y escenas que afligen mi ánima, arrastrándome por un camino que harta estoy de recorrer.

Soy oriunda de Cormyr, nací en un pequeño pueblo llamado Dhedluk,  reconocido por ser un paraíso forestal, ubicado en el corazón del Bosque del Rey. Es el retiro a elección de muchos nobles y dragones púrpura. Mi padre era uno de estos últimos. Habiendo obtenido una gran fortuna de sus años al servicio de la orden, se dio el lujo de comprarse unas pequeñas tierras ni bien nació mi hermana Viveka, el retoño de un amor que floreció una década antes de las Guerras Goblin. Mi madre era camarera en la posada The Blushing Maiden. Una mujer de una belleza sobrehumana, con rizos tan rojos como la sangre, despertaba el deseo en el hombre más fiel y siempre tenía una larga fila de pretendientes siguiéndola como perros falderos buscando su aprobación. Pero ninguno de sus pretendientes logró desposarla, o incluso llamar su atención, salvo mi padre, claro está, el caballero Jacob Blademoür, hijo de Francis Blademoür, dragón purpura también, al igual que su padre, y el padre de su padre, Marcus y Finneas Blademoür. Todos caballeros, y cada generación más terca y adusta que la anterior. Algunos dicen que lo único que tuvo que hacer mi padre para llamar la atención de mi madre fue sentarse sobre la barra todas las noches, pedir una pinta de cerveza, hacer de su cara una piedra y hablar poco, es decir, ser él mismo, ignorándola lo más que pudiese. Imagino que habrá más en la historia de lo que me han contado.

A mi padre no le bastaba el retiro, la simple idea de no hacer nada consumía la poca paciencia que tenía. Construyó un aserradero y tomó el oficio de carpintero y artesano de madera. Dejaba suficientes ganancias como para pagar la educación de mi hermana, alimentar a la familia y además organizar reuniones con antiguos colegas que residían en el poblado. Nací tres años después que mi hermana Viveka. No haré referencia a mi infancia, no lo creo relevante y solo hará que empiece a divagar nuevamente.

En los años posteriores a la Guerras Goblin, grandes caravanas pasaban por Dhedluk en busca de suministros, la mayoría eran refugiados de ciudades vecinas cuyos hogares habían sido destruidos. Si bien la posada muchas veces los rechazaba, mi padre nunca negaba albergar a los refugiados en sus tierras y prestarle cuantos suministros se pudiese permitir. Fue en una de esas caravanas que un día llegó al pueblo un grupo de clérigos y sacerdotes de Sune, diosa de la belleza y el amor. Con dinero en sus bolsillos, decidieron edificar una capilla en los lindes de la ciudad.
Corrían los años y la orden tenia cada vez más adeptos, mi hermana entre ellos. Mi hermana era una mujer muy bella, casi tanto como mi madre, pero a donde quiera que fuésemos, los ojos de los hombres caían en mí. No es algo de lo que me enorgullezca ahora, pero disfrutaba mucho llamar de esa manera la atención ¿Qué joven muchacha no lo haría?

La iglesia de Sune se empecinaba mucho en captar mi atención y la de mi madre. No era de extrañar. Decían que nuestra belleza era un objeto de culto, un claro ejemplo del obrar de la diosa, un don que haría comprender a sus feligreses lo maravilloso que puede ser el amor. Que estupidez. Claro que en aquel momento tenía 15 años y mi juicio era pobre. Mi padre cansado de las innumerables súplicas por parte de la capilla decidió acudir a las autoridades y pedir por una orden de restricción. Los sunistas no podrían acercarse a mi familia, ni a nuestro hogar, ni enviar cartas, ni peticiones, absolutamente nada. Padre también nos prohibió a mi hermana y a mí, jóvenes y descuidadas, que tratásemos con ellos. No obstante, mi hermana no sólo era descuidada, sino que obstinada y contestataria. Decidió ignorarlo y atendió en secreto a muchas de sus ceremonias.

Yo se lo hubiese contado a padre, pero no fue hasta que me pidió que la acompañe que me enteré. De alguna manera, mi hermana logró persuadirme, y yo, tonta, atendí a una de sus ceremonias.Al parecer se había vuelto muy cercana a la sacerdotisa y a sus lacayos. Tal es así que decidió presentarme ante ellos al finalizar la ceremonia, mientras ella tenía que atender ciertos asuntos. Me dejó a solas con estos sujetos. Había algo en el ambiente que era cautivante, quizás hayan sido los inciensos, quizás la afable voz de la mujer, la hermosura de su rostro, al igual que sus seguidores, o la tela pintada de Sune que cubría la pared del altar - una mujer alta, con una tez pálida pero llena de vida, de grandes pechos y una cabellera rojiza que caía suavemente sobre sus hombros-. Es el día de hoy que ese recuerdo lo sigo encontrando, de alguna manera, atrapante.

Me quedé a solas con la sacerdotisa – debo mencionar que a partir de ahora la atmosfera de ensueño que inunda mi memoria me impide recordar con claridad, eso sumado a lo que sucedería luego puede afectar la veracidad del relato -. No recuerdo exactamente qué era lo que me decía, solo tengo en fresco como se movían sus labios, lentamente, dejando escapar una voz suave que retumbaba en lo más profundo de mí. Mi cabeza se sentía ofuscada, y mi respiración se volvía pesada. La sacerdotisa me toma del brazo. Mi cuerpo empieza a temblar, no de miedo, sino de ansias. Un calor brotaba de mi pecho y mi voz se ahogaba. No recuerdo siquiera si había intentado hablar. Sentía a la sacerdotisa cada vez más cerca, podía sentir su respiración en mis labios. La besé. Una niebla invadió mi mente en ese momento. Fue un instante que me pareció infinito, cuerpos que se movían, la piel de la sacerdotisa rozaba la mía, y podía sentir sus labios y los míos como si fueran uno. Alguien me hablaba, pero solo veía sombras.

La bruma se levantaba, la claridad volvía. El sueño término, y abrí los ojos. La habitación se encontraba a oscuras, sin embargo, pude distinguir que ya no me encontraba  en el templo. Alguien hablaba, murmuraba unas palabras en un idioma que no distinguía. No podía mover mi cuerpo, pero temblaba. Me encontraba sobre una mesa de piedra. Estaba manchada con sangre, era la mía, pero estaba segura que no estaba herida. No, no lo estaba. Sentía un fuerte ardor en mi vientre. Cuando empecé a recuperar la movilidad alguien me tomó bruscamente del cuello. No era la sacerdotisa, era la mano de un hombre. Me  sujetó fuertemente de manos, me puso de espaldas a él con la cabeza apoyada sobre la mesa. Fue muy tarde cuando comprendí lo que estaba ocurriendo.

Creo que en ese momento mi mente salió de sí, y dejé de ver las cosas con mis propios ojos. De repente me sentí como una espectadora, quizás producto de mi imaginación, quizás haya sido el shock. Podía ver como una joven muchacha era tomada por las muñecas, y puesta de rodillas contra su voluntad. Una y otra vez ultrajada, despojada de su dignidad. Hombres de siluetas oscuras, obteniendo placer, mientras la joven gritaba como un cerdo tratando de librarse de semejante atrocidad. La voz seguía murmurando, era la voz suave de una mujer. La muchacha deja de gritar, y la voz femenina se detiene. Todo se vuelve negro.

El sonido de una puerta que se abre violentamente, el tintineo de unas armaduras, espadas que desenfundan, y el sonido de la carne siendo tajada. Estaba todo oscuro, pero el sonido era tan vívido y penetrante como una quemadura reciente. Gritos, no míos, y sangre que se derramaba en el suelo.  Abro los ojos. Mi mente se encontraba aturdida, pero distinguí hombres armados con sus espadas cubiertas de sangre que me miraban atónitos, como expectantes, tratando de decidir qué hacer. Yo me encontraba al pie de la piedra, con una daga en mi mano cubierta de sangre, y mi madre desangrándose a mis pies. Todo se volvió negro nuevamente.

Desperté días después en una de las habitaciones de la posada, con dos guardias en la puerta, y un señor de unos 50 años sentado al pie de la cama, con una cabellera cubierta en gran cantidad por canas, pero que fue de color azabache en algún momento de su vida, al igual que su espesa barba. Sus ojos me miraban fría y seriamente. Vestía un tabardo sencillo, con un tinte violáceo. El paladín Dan permaneció conmigo todo el tiempo que estuve inconsciente, vigilándome, asegurándose que mi situación fuese estable. Me explicó con increíble paciencia y delicadeza todo lo ocurrido.

Ya que no hay adornos para esto, seré breve. Junto a otros tres caballeros, el paladín Crast, el clérigo Desmond y la escriba Craigly, miembros de la orden de Deneir, le fue encomendada la misión de investigar una secta pagana, que realizaba sacrificios y ultrajaba vírgenes, entre otras tantas atrocidades, con el propósito de traer a este plano fuerzas demoníacas. El rastro habría llegado hasta Dhedluk. La secta bajo la apariencia de la orden de Sune habría logrado seducirme. El ritual implicaba el abuso de una virgen. La orden irrumpió tarde, algo se había apoderado de mí durante el ritual, y me hizo asesinar a mi propia madre. Es el día de hoy que escribo estas palabras y aún puedo ver la sangre de ella escurriendo por mis dedos. Los perpetradores fueron ajusticiados, pero sus muertes no cambiaba las cosas. Mi madre fue arrebatada de los brazos de mi padre, quien cayó muerto en el aserradero, tratando de protegerla, aunque llevándose consigo a varios sectarios. Mi hermana afortunadamente no se encontraba en aquel momento en casa. Mi madre sería el sacrificio.

Esto que cuento podría parecerles contado de una manera mórbidamente simple, sin embargo, llevó tiempo para mí aceptar la verdad de los hechos. Estuve dos meses sin salir de la habitación de la posada, sin ver a mi hermana, y solo recibiendo la visita de la guardia y del paladín Dans. Sólo cuando las autoridades decidieron desterrarme del pueblo por presión de la opinión pública, la cual me denigraba como una perra sucia que mató a su familia a sangre fría y manchó el buen nombre de la familia Blademoür, fue cuando abandoné la posada. El paladín Dans objetó que mi liberación no era tan sencilla, que aún era peligrosa. Lo que sea que me hubiese poseído podría encontrarse aún dentro de mí. Pidió que me pongan bajo su custodia. Me llevaría a su orden, donde sería examinada, vigilada y puesta a prueba en los meses venideros para determinar que se haría conmigo luego.

Fue entonces que regresé a mi casa, acompañada del paladín, por supuesto, donde aún vivía mi hermana, a quien no había visto en meses. El paladín Dans esperó afuera hasta que empacase mis cosas.

Toda la angustia reprimida en mi garganta se dejó escapar en un llanto cuando mi hermana corrió en mi encuentro y me abrazo fuertemente, sollozando.

-Temía que tú también creyeras que soy una asesina.

-¿Cómo puedes pensar algo así? – Sujetando mi rostro con ambas manos-  No…  No, eres mi hermana después de todo Am, sé que jamás harías algo así. Lo que ocurrió no fue tu culpa. Fue la mía, si no te hubiese llevado aquel día a la capilla…

-No había forma de que supieses lo que ocurriría.

Hubo un largo silencio. Yo sentada en el salón de estar, ella estaba parada frente al hogar. Las brasas estaban encendidas iluminando su rostro.

-De hecho…- hace una pausa, luego gira hacia mí- De hecho, si lo sabía.

No comprendía lo que me estaba diciendo.

-Lo que no me imaginaba es que también tomarían a padre y a madre…- ahoga un llanto- ¡Se suponía que sólo tu morirías! – alzando su índice en mi dirección.

Yo me encontraba perpleja, no estoy segura de que pasó por mi cabeza en ese momento. Probablemente nada, ¿Que podría ocurrírseme?, solo me quedé callada, expectante. Veía a mi hermana, iracunda, una vena que le brotaba en la frente, su cara enardecida, completamente irrigada de sangre. Me estaba gritando, pero yo no escuchaba nada, no podía hacerlo, solo observaba sus labios moverse. “Pero yo arreglaré las cosas”, fue lo único que atiné a oír, luego de eso, ella se abalanzó sobre mi poniendo sus manos alrededor de mi cuello, apretando con fuerza. Sus gritos habrán despertado preocupación en Dans, el cual irrumpió en la casa y observó la escena. Mi hermana ahorcándome y yo desfalleciendo sin aire. Trató de intervenir pero era tarde. Tomé con las pocas fuerzas que me quedaban el brasero  que estaba a mi lado, y atravesé el vientre de Viveka. Cayó al suelo, con borbotones de sangre escapando de su boca y los ojos desorbitados. El paladín intentó de ayudarla, pero era tarde, no tenía pulso. Me tomó del brazo, “No empacarás tus cosas, iremos de inmediato a la Orden, antes de que esto se sepa y el pueblo entero decida quemarte, el escriba Craigly se encargará de explicar lo sucedido al regente” .

Nunca entendí lo que había ocurrido realmente. ¿Mi hermana había sido poseída como yo? ¿Fue su propia voluntad la que reveló aquel día? No, estaba segura que mi hermana no podría hacer algo así. Probablemente habría sido seducida como yo. La mente humana es algo tan preciado como frágil, basta un simple empujón para caer en el abismo de la locura, entonces no sabrás hasta donde serás capaz de llegar. Pero en tal caso, ¿Eso significaba que todo ese tiempo una pequeña intención de herirme estuvo siempre en ella? Todo el mundo sabía de sus pequeñas escenas de celos hacia mi persona, como detestaba que yo llamase más la atención que ella. Jamás he vuelto a Dhedluk para visitar su tumba, ni la de madre, ni la de padre tampoco.

Desde entonces y hasta el día de hoy, he estado recluida en el templo de la orden de Deneir en Noyvern. Han pasado 9 años. El proceso no fue fácil. El primer año fui puesta bajo observación y vigilancia constante. No sólo por parte de los clérigos, los mismos pupilos desconfiaban de mí, algunos incluso me temían. Ninguno de ellos se atrevía a hablarme, yo tampoco me atrevía hablarles a ellos. Estaba asustada. Si bien recibí mucha contención, y los miembros más altos de la orden se han portado maravillosamente conmigo, con increíble paciencia, bondad, y sabiduría, era un lugar completamente desconocido para mí, y las pesadillas me atormentaban una y otra vez, todas las noches. No conciliaba el sueño y cada día comía menos, y me debilitaba más y más. Recibía seguido la visita del paladín Dans. Era la figura más comprensiva y contenedora que he tenido desde  esos días tan oscuros. Sin embargo, los meses venían y se iban, y yo me recluía aún más. Evitaba el contacto con las personas.

Afortunadamente, nunca se cierra una puerta sin abrir una ventana, o eso dicen. Me sumergí en los libros. Dentro del claustro era la única opción que tenía para no caer en la demencia. Leía en voz alta, de esa manera evitaba escuchar mis pensamientos. Me interesé particularmente por la historia de la orden que me albergaba.

Algo nació en mí conforme mis ojos recorrían cada una de las líneas que trataban sobre Deneir. Fue como una pequeña braza, un remanente de un incendio que hace un tiempo se apagó. Una llama que volvía a brotar de las cenizas. En mi pecho nació un deseo. De repente me di cuenta que no sólo estaba leyendo para acallar mi voz interior, sino que lo hacía por el simple hecho de querer hacerlo. Un pequeño acto egoísta, sin utilidad alguna, pero que de alguna manera empezaba a cobrar más ímpetu en mí y me era placentero. Pasado un tiempo, caí en la cuenta que mi aislamiento había terminado. Me encontraba nuevamente caminando por los pasillos del templo, observando los magníficos entallados en las paredes, en el techo, en el altar. Visitaba una y otra vez la biblioteca, conversando con algunos eruditos que llegaron a perderme el miedo, o la desconfianza. Una nueva pasión había inflado mi pecho con las ansias del saber. Tal es así que el día que dieron el veredicto de que estaba fuera de peligro de posesión, y expresé mi deseo de formar parte de la orden. Ninguno de los altos sacerdotes se sorprendió. Afablemente sonrieron, y me aceptaron con gratitud.

Mi ambición no era grande. La orden me había cuidado todo este tiempo. Es claro que desarrollé un apego especial hacia ellos, como una familia, solo quería formar parte de ella. Pero las ambiciones de Sir Dans si eran grandes, y no se conformó con las mías. Me pidió… bueno, pedir suena demasiado amable, me impuso su voluntad de que me haga su escudera. Sino conociera la seriedad del paladín, hubiese pensado que era una broma. “¿Qué es lo que te parece raro? Tu padre era un dragón púrpura ¿Acaso me dirás que él jamás te enseño a manejar una espada? De seguro le das mejor uso que cualquiera de estos hijitos de nobles consentidos”. No todo era cierto por supuesto, mi padre sí me había enseñado en el tiempo que estuvo vivo a manejar una espada, pero definitivamente se necesitaría un esfuerzo sobrehumano para que perdiese mi torpeza a la hora de empuñarla.

El paladín Dans se encargó personalmente de entrenarme. Como dije, el proceso no fue fácil. Todos los días, antes de que cante el gallo, ya estaba lista en los patios de entrenamiento y no paraba hasta que mis músculos no respondiesen más. Cuando mi cuerpo se agotaba, volvía a mi habitación y dejaba que mi mente vagase por un sinfín de líneas de archivos, relatos, documentos históricos.  Mi entrenamiento con sir Dans terminó hace dos años. Él fue enviado en una búsqueda a otro continente, misión en la cual no podía involucrarme, y de la cual no se me informó nada. Mas el paladín Dans no se despidió sin antes dejar una carta de recomendación al sumo sacerdote de la capilla, por la cual pedía que fuertemente se me considerara para formar parte del clero, ser una paladina de Deneir. La petición no fue puesta en duda, había demostrado en todos estos años perseverancia, dedicación y por sobre toda las cosas una devoción incuestionable al saber y a la Orden.

Actualmente, el continente se encuentra bajo mucha turbulencia, el asesinato de lord Nasher, guerras civiles, la desaparición de los elfos del Bosque Alto, el asedio a los Salones de Mithrill, entre otros tantos eventos. Faerûn se encuentra en crisis. La orden ha decidido tomar acción. Ha enviado a cuantos eruditos se permitiese a distintas partes del continente para investigar todos estos eventos, incluyéndome. Sin embargo, mi misión es un tanto más complicada. Debido a la incesante muerte de miembros de  la nobleza, y destrucción de muchas familias pertenecientes a esta, hay linajes que desaparecen, otros que buscan hacerse un lugar más alto en la sociedad, y otras tantas familias que realizan arreglos matrimoniales para asegurar su perpetuidad o sus riquezas, o su estatus. La estabilidad de la sociedad se encuentra en peligro. La orden de los Heraldos de Faerûn es la organización que entra en juego aquí. Son un grupo de historiadores y heraldistas que se encargan del registro y la preservación de cualquier elemento relacionado con la historia de la nobleza. Son la principal autoridad a la hora de evaluar la herencia, la precedencia, la genealogía, y la historia general de una familia perteneciente a esta. Un pasaje que me gusta citar es el siguiente:

“Los Heraldos son las murallas de la civilización entre nosotros que detiene a cada reino  de confrontarse con su vecino”.

La orden de Deneir ha elevado una recomendación a los Heraldos, informando de mi meritoria capacidad para formar parte de su orden, y de la indudable ayuda que puedo ofrecer a nivel administrativo como heraldo regional.

Mañana a primera hora parto a Scornubel, conocida como la Ciudad Caravana, yace sobre el rio Chionthar, donde se cruza con el Camino del Comercio, en la cual se me ha informado de la existencia de cierto grupo que podría tener relación con el asesinato de Lord Nasher. Además tendré que suplir a los Heraldos en temas de la nobleza.

Last edited by CactusBoy (2016-12-26 12:40:38)